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Muchas veces nos preguntamos ¿qué significa ser pediatra?, ¿por qué ser pediatra?, o ¿por qué trabajar con niños?

Las respuestas a estos interrogantes son muchas dependiendo de cada persona, de sus motivaciones, de sus condiciones de vida, de sus amistades, preferencias, experiencias de  vida como estudiante, afecto hacia  los diferentes docentes durante la carrera profesional, expectativas ante la vida, aspiraciones diferentes a su realización personal,  en fin, hay muchas respuestas posibles.

Concretamente sobre lo que significa “ser pediatra”, puedo afirmar que aparte del necesario componente científico, ser pediatra tiene mucho que ver con la ternura : el tratar de aliviar a los niños lo pone a uno en contacto con la etapa más delicada en la vida del ser humano. Nuestros pacientes además de indefensos y dependientes son personitas que en la mayoría de los casos tienen toda una vida por delante y en muchas ocasiones de lo acertado de nuestro trabajo depende su calidad de vida por los próximos 70 u 80 años.

img_5713Trabajar con niños es una labor delicada, amorosa, que requiere no solo de estudio y conocimiento sino también de mucha intuición y que involucra además la preocupación y el futuro de sus padres y de toda la familia.

La pediatría o mejor, el trabajo con niños en el campo de la salud, nos pone a todos quienes nos dedicamos a esta labor: médicos, enfermeras, terapeutas, bacteriólogos, psicólogos, auxiliares y trabajadores de servicios generales, en contacto con situaciones extremadamente delicadas y dolorosas. Las malformaciones congénitas que causan tanto daño y dolor, los niños no deseados, muchas veces rechazados por la madre, expuestos a abuso y maltrato;  los hijos de madres adolescentes, quienes siendo todavía unas niñas o aún pacientes pediátricas, entran de pronto a ser madres sin que ni sus cuerpos ni sus mentes estén preparados para enfrentar esta condición.

img_8658Duele mucho el maltrato infantil, produce rabia e indignación. Nos lastima muchísimo cualquier tipo de cáncer en los niños que nos parece injusto, inexplicable y nos causa un enorme dolor, temor e incertidumbre. Nos duele y nos toca profundamente la terrible injusticia de nuestra sociedad, que nos llega vestida de desnutrición, de enfermedades sociales, de niños entregados al vicio o presos ya de una vorágine de violencia en la cual son utilizados como instrumentos, secuestrados o reclutados por la guerrilla u otros grupos criminales. Igualmente doloroso es el caso de los niños normales, de familias normales  que súbitamente se ven afectados por  enfermedades cuya causa a veces es inexplicable.

Muchas veces nos toca “pelear” con el sistema cuando en ocasiones se muestra indolente, lleno de trabas y papeleos, diseñado fríamente en un escritorio, el cual  sin ver, sin sentir el dolor o sin importarle  que se vayan agotando el tiempo y las oportunidades, desde la frialdad de la norma niega o posterga un tratamiento. Afortunadamente en el Hospital  Infantil Los Ángeles contamos con el servicio de Atención al Usuario que se encarga de mantener una comunicación constante con las instituciones, de agilizar los trámites  y manejar buena parte de la angustia de las familias.

img_5844También nos toca enfrentarnos con la fatiga y el exceso de trabajo sobre todo en el servicio de Urgencias ya que tener un hijo con dolor, fiebre, vómito, tos , heridas por accidente o tantas situaciones  graves y delicadas como pueden presentarse, siempre será para los padres un motivo de profunda preocupación que normalmente involucra a toda la familia, es decir, que siempre será una “urgencia” y todas estas urgencias confluyen en nuestro Hospital colapsando a veces el servicio  y desbordando su capacidad instalada.

En fin, ser pediatra requiere ser sensible, tener esperanza, tener tolerancia, poder amar a nuestro prójimo, pero también nos reclama ser fuertes, capaces de decir las cosas, denunciar los casos que lo requieran, llamar a las cosas por su nombre y, por qué no decirlo?,  pelear por nuestros niños.

Pero ser pediatra también produce muchas satisfacciones, los niños son muy buenos pacientes y una vez que logran vencer el miedo al dolor y a las agujas dejan salir su sonrisa, su ternura y son muy gratos, cariñosos y amorosos. Podemos afirmar que entonces “son como una tenue caricia del aliento de Dios, que nos llena y nos hace olvidar el cansancio y la angustia”.

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